Guayas, del arrabal al hotel de cinco estrellas

Luis Navarro Arteaga

En el bufé de un importante restaurante ubicado al interior de un gran hotel de Poza Rica, un racimo de guayas (Melicoccus oliviformis) se pavonea sin rubor alguno junto a otras frutas de mayor alcurnia -o al menos con más visitas a esos lugares- como la papaya (Carica papaya) y el melón (Cucumis melo).

Ahí estaban las guayas con su cáscara verde, todas juntas, muy orondas, arrogantes, y aunque pocos las consumieron, muchos logran identificarlas.

¿Y cómo no? si las guayas son una de las más consumidas frutas autóctonas, nuestros recuerdos infantiles están ligados a ellas y su importancia es tal que figura en la lista de la “Guía de frutos silvestres comestibles en Veracruz” que en 2010 editaron Conacyt, Inecol y Conafor y que fue escrita por  Maite Lascurain, Sergio Avendaño y Aníbal Niembro.

El fruto es uno de las más de “1,500 especies de plantas comestibles silvestres que llegan a constituir entre 8 y 17% de la dieta anual de las familias campesinas” de acuerdo a lo publicado en el referido compendio.

Las guayas, durante su temporada, que inicia en mayo y concluye en agosto, no solo aparecen en los restaurantes elegantes -como ya hemos relatado- sino también en las tinas de las vendedoras ambulantes del centro de la ciudad que las ofrecen a 15 pesos la medida.

Este fruto es originario de América y es muy posible que su nombre provenga de las palabras náhuatl huey (grande) yona-catl (pulpa). El árbol puede llegar a medir hasta 20 metros de altura, con un tronco de hasta 50 cm de diámetro, los frutos son bayas globosas de 1.5 a 2.5 cm de largo, de color verde amarillento a parduzco; semilla ovoide de 1 cm de largo rodeada por un arilo, dice la guía de frutos silvestres.

Hay historias infantiles comunes a muchos de los habitantes de la región. Subirse al árbol a cortar un racimo y caerse cuando apenas habíamos trepado un metro. Comerse dos kilogramos sin atender las advertencias de la mamá o la abuela: “te va a dar chorro, chamaco” y salir airoso del reto al demostrar que los mayores se equivocaron.

Dicen que cura el cáncer o que aporta vitamina B, pero cuando se es un escuincle chamagoso, desprovisto de camisa y de zapatos, lo único que importa era el disfrute del sabor de las guayas, no se pensaba en la salud.

Hoy, ya con camisa y zapatos, tampoco se piensa en lo saludables que son, ahora que ya no se cortan directamente del árbol, sino que se compran en el mercado y se consumen como botana viendo un partido de futbol, se piensa, claro, en el placer y en el hecho de que tanto el fruto como uno, hemos pasado del agreste patio de la abuela al pomposo bufé del restaurante en un hotel de cinco estrellas.

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